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  • Rafa Méndez

Los relatos de mi abuelo.

Desde que era un niño mi abuelo solía contarnos relatos de Zinapécuaro, había para todos los gustos; miedo, fantásticos e incluso había algunos sobre la época de la Revolución que a él le tocó presenciar, como cuando escondían a las mujeres detrás de los espacios que había en las alacenas o los roperos de las casas antiguas para que no se las llevaran los revolucionarios. Esto pude constatarlo hace algunos años cuando acompañé a una tía a ver una casa que vendían en el centro, para más señas la casa que está junto a la primaria Félix Ireta y que según tengo entendido pertenecía a dicha familia. En ese entonces la casa no estaba como en la actualidad, todavía tenía el techo y las paredes e incluso las ventanas de madera se encontraban funcionales. Al llegar a la cocina pude constatar lo que mi abuelo nos contaba de niños pues en lo que parecía la alacena había un doble fondo en el que podían estar dos y hasta tres personas, me imagino lo estresante que ha de haber sido el permanecer en silencio por largos periodos de tiempo para no ser descubierto.


No conocía las clavellinas hasta que un día que estaba en el atrio de la parroquia de San Pedro y San Pablo mi madre me mostró cual era el árbol, mucho menos sabía que existía un cerro que tenía ese nombre hasta que mi abuelo en una ocasión nos contó de la gallina que ahí se aparecía junto con todos sus pollitos que la seguían hasta simplemente desaparecer de la vista de aquel que se los encontrara. Cuando era niño me daban ganas de ir al cerro para ver si me encontraba a la gallina y sus pollitos, solo he ido una vez y no tuve la suerte de verlos.


Según mi abuelo cuando él y sus hermanos eran niños solían irse hasta Araró para meterse en un ojo de agua cercano a las vías para nadar y quitarse el calor, cuando regresaban, justo cuando el sol ya se estaba poniendo, cortaban camino entre los nopales y los huizaches. En una de esos regresos a Zinapécuaro se encontraron con un burro que estaba amarrado a un árbol, siendo niños se les hizo fácil subirse y llevárselo hasta el pueblo. Hasta ese momento todo era normal, pero los mas grandes notaron que en total eran doce y que todos se habían montado en el animal sin problemas. El burro se había hecho tan largo como fue posible y tal situación puso nervioso al hermano mayor de mi abuelo que en ese momento comenzó a encomendarse a Dios y rezar. Dicho acto hizo enfurecer al animal que giró la cabeza en 180º y les mostró unos colmillos horribles seguido de un violento reparo que lazó a todos por los aires. Unos cayeron en las piedras, otros en los nopales pero sin mirarse las heridas y golpes todos corrieron hasta llegar al camino y volver de inmediato a Zinapécuaro.


Siguiendo en la misma ruta había una mujer que se aparecía a los hombres que iban hacia Zinapécuaro, según se decía era muy hermosa y pedía ayuda para llegar hasta el templo de San Pedro y San Pablo puesto que era una manta que debía cumplir, aunado a este favor también pedía a la persona que mientras la llevara cargada en su espalda no volteara a verla. Pero cuando entraban en el pueblo la gente que veía pasar a los buenos samaritanos cargando a la dichosa mujer siempre les decían que llevaban cargando una víbora y al momento de voltear a ver esta desaparecía.


Estos y muchos otros relatos me contó mi abuelo y sin duda alguna hicieron que mi infancia fuera especial pues además de disfrutarlos siempre me hizo tener más cariño por el pueblo en donde he pasado gran parte de mi vida.



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